Una historia en común

05/12/2017

-Y, ¿qué pasó en seguida?- pregunté.

-Lo vi- dijo con la mirada fija en la nada.

-¿A quién?- volví a preguntarle.

-Al hombre cabra- dijo sin moverse. 

 

Era la tercera vez en el mes que alguien venía con la misma historia. Caminaban en el bosque, pensamientos suicidas por la cabeza. Algunos andaban por la carretera del pequeño pueblo. 600 habitantes. Parecía más una colonia. 

 

La visión era mitad hombre, mitad cabra. ¿El diablo? Me preguntaron muchos. En las cuatro paredes de la clínica yo no tenía la respuesta, pero mi corazón decía que sí. Había escuchado suficientes leyendas y visto cientos de películas de terror para pensar que se trataba de él.

 

Y a pesar de ser una persona religiosa, sabía que mi trabajo se debía separar de ello. Pero los ojos del hombre sentado frente a mí me decían lo contrario. Iba a morir, justo como las otras personas que el "hombre cabra" había visitado. "Demasiada comida chatarra", decían los policías. 

 

Pero no. Había algo extraño ahí. Había algo extraño con los sonidos que se escuchaban en la madrugada. Provenían de una casa abandonada en las afueras del lugar. Pero nadie se atrevía a investigar. Habían escuchado suficientes leyendas y visto cientos de películas de terror para saber que un pie ahí, era un pie en el mismo infierno.

 

Todas las descripciones eras iguales. Grandes ojos negros. Moscas alrededor de su cabeza. Sus cuernos eras perfectos espirales negros. Un olor a azufre lo presentaba como diciendo: "mucho gusto". La sensación era la esperada: el cuerpo paralizado y un frío estremecedor. Lo curioso es que ninguno se había acercado demasiado; estaba parado a una distancia considerable. Pero sentían su mirada y su presencia.

 

Abren los ojos. Están en su cama. Unas marcas moradas rodean sus tobillos y muñecas. Las abuelas les dijeron que los "había visitado un muerto". Pero ellos sabían que no estaba muerto. Venía de esa casa; estaba en el vecindario.

 

Alguien tiene que contar esta historia, alguien. Por miedo, no nos atrevemos a contarla...nadie nos creería.

 

Ana del Cid

Psiquiatra, 33 años.

 

Foto: Teddy Kelley/Unsplash

 

 

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