Lo que sucedió en la vieja cantina de la calle olvidada (III)

04/11/2017

 El seguro crujió en sus dedos y por unos instantes no hubo ningún ruido. Parecía que el universo se había callado para añadirle más misterio a la escena. La paz duró poco. Emilio ni siquiera tuvo que jalar la puerta de metal; la misma mano que la haba estado golpeando unos minutos antes la empujó con fuerza.


-¿Y la tardanza? ¿Estabas tan ocupado durmiendo sobre la barra que no escuchaste la puerta? ¡Pude haberme derretido en ese calor mugriento!
-Pudiste haberte quedado dormido, tumbado sobre la banqueta cual borracho sin obligaciones. Hola papá- dijo Emilio suspirando, aliviado, de que los golpes en la puerta vinieran de su padre borracho y no de todas las imágenes que habían desfilado por su cabeza.


Fausto entró a "Querida Mía" arrastrando los pies, con una cerveza en la mano izquierda y la mirada perdida. Se desplomó en una de las sillas y estiró las piernas; parecía que venía de caminar por mucho tiempo. Emilio lo siguió con la mirada. Pasaron unos minutos y, luego de volver a colocar el seguro en la puerta, se dio la vuelta, en dirección al estrecho pasillo que conducía a las gradas metálicas de caracol. Pasó frente a su padre y, cuando estaba a punto de apagar la luz de la habitación, éste lo detuvo con un sonido.


-¿A dónde crees que vas? Ven, siéntate y charla con tu padre.
-No jodas. Tengo sueño, trabajé toda la noche. Además, ¿qué me va a estar diciendo un borracho a estas horas? Prefiero dormir. Apaga las luces cuando termines de beber, si es que acabas...
-¡Que descarado este! ¡Ve...! ¡Nada quiere!
Emilio siguió su camino, ignorando los caprichos del borracho que, unas mesas atrás lanzaba insultos por el silencioso bar. Estaba a punto de subir las gradas de caracol cuando Fausto balbuceó una frase que le heló los huesos.
-Quiero un corbatín así...


La imagen del extra visitante invadió su cabeza. Recordaba ese corbatín y sabía que cualquiera que lo hubiese visto lo notaría. Con ese calor y en esos barios, nadie vestía tan elegante. Llegó bruscamente hasta su padre y se sentó de golpe en la silla de enfrente.


-Papá, ¿de qué color era el corbatín? ¿A quién viste?
El borracho comenzaba a sumirse en el sueño pesado de quince cervezas mezcladas con whisky barato. Emilio insistió.
-¡Papá! ¿Viste a ese hombre? ¿Por qué nos conoce?
-Ese corbatín... pero que bigote más ridículo, ¡ja! -murmuró Fausto apenas despegando los labios. Era claro que no diría nada más. El hombre apenas se sostenía en la silla y los efectos post borrachera comenzaban a hacerse presentes.

 Emilio levantó a su padre de la silla con un poco de dificultad. Apagó las luces y lo arrastró hacia las gradas. Lentamente, subió una por una, cargando el peso muerto de su padre cuyos ronquidos comenzaron a perturbar el silencio sepulcral del segundo nivel. Ya en la habitación, lo arrojó en su cama y exhausto, se dejó caer en la suya. Su mirada se clavó en el techo y, poco a poco, el cerebro lo abrumó con preguntas sin respuesta.


¿Quién era aquel personaje? ¿Por qué, supuestamente, conocía lo conocía tanto? ¿Qué le estaba ocultando su padre? ¿En dónde se había encontrado su padre al hombrecillo? ¿Era real todo?


Luego de la ronda de preguntas le invadió una risa nerviosa que se transformó en carcajadas inexplicables. Mantuvo la risa por unos minutos. ¿Su vida era tan patética y aburrida que lo más interesante que había pasado tenía que ver con un loco con corbatín que había entrado a su cantina olvidada y con las declaraciones del borracho de su padre que ni siquiera podía recordar su propio nombre?


Se levantó al rato, se desnudó, cogió una manta y se fue al sillón azul. Bastaron un par de segundos para que cayera dormido en sueño profundo, de esos que pesan más que la consciencia y pero duran menos que la mala suerte.


La luz que atravesaba la ventana de la cocina lo despertó. Sintió que había dormido apenas cinco minutos, pero cuando vio el reloj de su muñeca se dio cuenta que, por primera vez en muchos meses, había dormido más de cinco horas. Se levantó y caminó hacia la diminuta cocina, con la intención de prepararse un café amargo y llevarle un vaso de agua a su padre, quien no despertaría hasta medio día, quizás. El frío de la mañana recorrió su espalda y pecho desnudos y cuando estaba a punto de tomar una taza, su mirada periférica captó un bulto sobre la mesilla de madera que las hacía de comedor maltrecho. Se acercó y, sorprendido, lo contempló por varios minutos. Puesto delicadamente sobre la mesilla, estaba el imperdible corbatín color vino tinto. Debajo, un pequeño papel con un mensaje, escrito en una impecable letra elegante:

"Tienes un asunto pendiente; una promesa inconclusa con un hombre del más allá. Búscame, sabes dónde encontrarme.  
-Clemente Santiago"

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