Lo que sucedió en la vieja cantina de la calle olvidada (I)

21/10/2017

La tenue música que escupía la vieja radio del estante del rincón, detrás de la barra, marcaba el final de la jornada. Esa noche había sido muy tranquila, y las noches tranquilas no eran motivo de celebración para Emilio Vásquez. Poca clientela y poco ruido significaban poco ingresos y describir toda la cadena de reacción por la falta de dinero es más que obvia y abrumadora. El bartender era el encargado forzado de la cantina, negocio que le había caído como una piedra en la espalda luego de que el alcohólico de su padre no se pudiese levantar para atenderlo y administrarlo. La ironía de la vida lo perseguía: un padre aferrado a las mismas botellas que debía vender para evitar morirse de hambre. Y para alimentar su desdicha, la ubicación del "negocio" no podría ser peor. Situado en una de las calles menos transcurridas y más entristecidas del barrio, la cantina "Querida mía" había caído en el olvido de los ciudadanos. En sus tiempos (hace una década quizás) había sido el escenario de rupturas, romances, peleas, conciertos, apuestas, sollozos, negocios y borracheras. Pero ahora, la atrofiada pintura de las paredes, el olor a moho y guardado y la escasa luz sepultaban todos los buenos tiempos y los ahogaban en la cerveza de Emilio, la única que se había consumido en aquella noche calurosa del martes.


A dos minutos de la hora de cierre, un personaje invadió el triste lugar. Su presencia interrumpió los pensamientos de Emilio, quien al verle se lamentó por su puntualidad a la hora de cerrar el mugroso lugar. El trago de cerveza le supo más amargo que de costumbre cuando se detuvo para observar por unos instantes al visitador nocturno. Delgado y fugaz, vestía un abrigo largo, negro, que por el calor, colgó rápidamente en el respaldo de una de las sillas viejas frente a la barra desganada. Tras el acto, el personaje dejó ver una camisa blanca perfectamente tallada dentro de unos pantalones formales muy elegantes, que culminaban en unos zapatos de cuero cafés. Rozándole el cuello, un corbatín del color de aquel vino tinto que ya no se vendía en el bar se lucía con orgullo. Su rostro, más cuidado que una obra de arte, estaba adornado por unos anteojos perfectamente redondos y un bigote al estilo francés. El visitante era todo un personaje.

-Viene a penas unos minutos antes de la hora de cierre-le dijo Emilio, tratando de ignorar el atuendo, porte y folclor del hombre.
El personaje sonrío, mostrando una dentadura perfectamente blanca. No dijo nada más.
-¿Qué le sirvo?-insistió Emilio con un poco de prisa. El cliente solo le miraba fijamente, con una gran sonrisa, como esperando a que el barrendero le dijera eso que quería escuchar.
Pasaron unos segundos que parecieron minutos. Emilio comenzó a sentirse muy incómodo y ahora con un tono más pesado del habitual, cambió la retórica.
-Quedan treinta segundos para cerrar. ¿Va a querer un trago o qué?
Finalmente, la expresión del personaje cambio. De una sonrisa de oreja a oreja, pasó a una expresión de confusión. Señor fruncido, cabeza levemente torcida y una mueca en los labios. Acto seguido el hombre se inclinó sobre la barra, postrándose unos centímetros frente a Emilio, declarándole una invasión notoria a su espacio personal. Luego de observarlo por unos cuantos segundos más, finalmente los labios del hombre cedieron y formularon una pregunta:
-Que jodes Emilio. ¿Acaso no te acuerdas de mí? Se ve que tu padre ha hecho un gran trabajo para ocultarte tu historia.
El bartender se quedó perplejo. Un extraño silencio invadió la vieja cantina. El personaje se deslizó con flexibilidad de la silla. Tomó su abrigo del que sacó un antiguo reloj de bolsillo dorado y se dirigió a la entrada.
-Por lo que me has dicho...-dijo viendo detenida, pero no forzadamente el reloj-...parece que ya llevas diez segundos de retraso para la hora de cierre. ¡Feliz noche!

 

Y acto seguido, se aventuró a la silenciosa, calurosa y negra calle, como si la conociese de toda la vida.

 

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