El día que Jo recuperó su corazón

02/10/2017

Los días han pasado. Las hojas del calendario se han quedado atrás. Incluso lucen empolvadas y amarillentas. El paso del tiempo ha doblado sus esquinas. Jo observa en silencio. ¡No hay más que hacer! ¡No queda nada más que decir! Cada día que pasa, lo hace despacio, a su ritmo. ¡No tienen prisa! Es un “tic” – “tac” suave, como un péndulo que se resiste a regresar; a irse; a volver. Es un “vaivén” sin final. El silencio, es ensordecedor. El vacío, es inminente.

 

Y ahí está Jo. De nuevo. Frente a la vieja puerta de madera. Ésa que cada día luce más fea y agrietada. Menos brillante. Más pesada. Con su vestido de lana, con sus viejas zapatillas de charol. Ésas que cuida tanto. Ésas que le gustan mucho. Impávida. Pálida. Fría como el hielo. ¿Sus ojos? hundidos. Con un color púrpura intenso que los rodea. Es más… ¿Sus ojos? Opacos. La luz de la luna se refleja por la rendija de la puerta. Y un poco a regañadientes, Jo empuja la puerta. De nuevo el pasillo. Inmutable. Frío. Con su aroma característico. ¡Vainilla! Con su temperatura de siempre. ¡Fría! Con su recorrido. Diez pasos. No hay más.

 

Jo decide caminar. Y piensa… “Es un pasillo que conozco perfectamente. De memoria. Incluso con los ojos cerrados”. Pero esta vez, Jo da pasos más pequeños. Muy cortos. El pasillo se vuelve interminable. Sin embargo, la luz de la luna es muy fuerte e inunda el camino. Eso tranquiliza a Jo. Llega hasta el final. Y descubre algo inesperado. Inusual. Esta vez, hay una chimenea que arde. Es tan fuerte que ilumina la habitación. Y Jo se pregunta ¿Por qué no vi el reflejo? Recuerda en ese momento que ha caminado con sus ojos cerrados. Esos que lucen tan cansados y sin vida. Ésa ha sido la razón. Incluso piensa, ¡hay un poco de calor! Y decide quitar la bufanda de su cuello. Camina hasta la chimenea. Acerca sus manos al fuego. Se sienta cerca, muy cerca.

 

Unas lágrimas ruedan por sus mejillas. ¿Qué ha pasado? ¿En qué momento ha cambiado todo? En un segundo -al menos así lo siente Jo- recuerda historias, momentos, instantes. Como una película de cine a toda velocidad. Todo ahí dentro de su cabeza. En colores sepia. Sus pensamientos la absorben. Pierde la noción del tiempo. Estando ahí, un ruido. Se asusta. Regresa en sí. Jo se da cuenta que hay alguien en la habitación. Se paraliza de nuevo. Es incapaz de voltear a ver. ¡No! No puede. Una voz ronca, una que suena familiar. ¡Hola Jo! Esto no es posible, piensa Jo. ¿Quién ha entrado a casa? Sin embargo, no tiene miedo. Es más, siente tranquilidad. El susto que sintió hace un tiempo, se ha ido.

 

¿Qué haces ahí? Le pregunta. Jo responde, nada. ¡Nada! Él se acerca. ¿Quieres levantarte? Le pregunta. Jo responde, sí. Y en seguida lo hace. No deja tiempo para que él la ayude. Él, observa en silencio. Y sonríe suavemente. Están frente a frente. Él, es un hombre alto. De complexión delgada y fuerte. Con una mirada llena de ternura y generosidad. Jo debe ver hacia arriba para encontrar esos ojos bonitos. No dicen mucho. No es necesario. Él abraza a Jo. ¡Se anima! Ella retrocede. No puede, siente de nuevo miedo. Él con cariño, intenta de nuevo. Esta vez es diferente. Jo no se resiste. Disfruta esa cercanía. Esa seguridad, esa ternura.

 

¡Siente de nuevo! Responde al abrazo. Sin reservas. Él siente ese gran vacío en Jo. Le pregunta ¿qué te han hecho? ¿Qué te ha pasado? Aunque en su interior, él sabe todas las respuestas. ¡Todas! Jo con timidez y con un tono triste, contesta. ¡He enterrado mi corazón! Él, entiende todo perfectamente. ¡No digas más Jo, no es necesario! Y con todo el amor que es capaz de sentir, la abraza fuertemente. Jo llora. Él también. Y le dice: ¡Tengo una pregunta más! Solo una más. Jo asienta con su cabeza y escucha. ¿Dónde habías estado todo este tiempo? A lo que Jo responde. ¡Había estado buscándote! Es un milagro. Uno de amor. ¡Jo siente de nuevo! Cierra sus ojos y escucha latir su corazón. ¡Ha vuelto! ¡Está aquí! Late de nuevo. ¡Fuertemente! Jo lo abraza de nuevo. Los dos sonríen. Un aroma delicioso inunda aquel lugar. ¡Vamos! Le dice él a Jo. ¡Camina junto a mi! Jo ahora no siente miedo.

 

Aquel camino que tanto le asustaba, ahora no le causa nada. Y juntos caminan. Abrazados. Seguros. Cercanos. A un mismo ritmo. ¡Al ritmo de sus corazones! En ese momento, Jo escucha unas voces. Unas voces frescas, juveniles. “Vivarachas” ¡Alegres! Se anima y pregunta. ¿Tu también escuchas esas voces? Y él contesta, claro que sí. ¡Las escucho perfectamente! Son esos otros dos corazones que tu y yo debemos cuidar. Jo no puede creer lo que está pasando. ¡Incrédula! Esto no es posible, piensa para sí. Había enterrado mi corazón. Y ahora… He recuperado el mío y he ganado tres más. De nuevo la felicidad. ¡Ha regresado! Y esta vez es para quedarse. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Ahora son cuatro corazones que laten juntos.

 

Con toda la ilusión. Con todo el amor. ¡Con todo!

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