Dunkerque en el Camp Nou

 

Once soldados. Un comandante recién arribado. Varados en las playas del agosto del fútbol europeo, los jugadores del Barcelona estaban acorralados entre el Mediterráneo y las fuerzas de un ejército blanco que, tras derrotar a la armada piamontesa en Cardiff y a la marina del Noroeste de Inglaterra en Skopie, amenazaba con arrasarlo todo a su paso. Abandonados a su suerte, esperaban un milagro.

 

Cuando me senté junto a la piscina y frente al televisor, no esperaba estar a punto de ver lo que la noche anterior se había proyectado en la sala del cine al que fui. Dunkerque se repitió ante mis ojos, con otros uniformes, otra locación, otro idioma, pero la misma sensación de tensión.

 

Barҫa y Real Madrid se jugaban la ida de la Supercopa de España, el trofeo que se disputa entre el campeón de la Liga y el de la Copa del Rey. El tentempié de Miami no parecía la mejor muestra para diagnosticar qué ocurriría el domingo en el Camp Nou, aunque tampoco esperaba encontrar una epifanía a través de Christopher Nolan.

 

Todo estaba montado tal y como si el mismísimo Lee Smith hubiese visitado el Camp Nou un par de horas antes de que De Burgos Bengoetxea pitara el inicio del encuentro.

 

El Barҫa hace tiempo que cedió al Madrid el orgullo de tener al mejor mediocampo del mundo. Con auténticos pánzeres como Kroos y Casemiro y al Picasso del fútbol (también artista, también malagueño) un ataque masivo y fulminante parecía lo lógico. Sin embargo, Zidane decidió resguardarse atrás y enviar tan solo bombardeos cortos y puntuales, y dejar que las inclemencias de la situación acabaran con el rival por su cuenta.

 

Esa fue la estrategia Nazi en la costa del norte de Francia. Con Bélgica tomada y la propia Dunkerque asediada, acabar con 400 mil soldados enemigos, justo en la entrada a Bretaña (a través del Canal de La Mancha) se antojaba como un golpe casi definitivo dentro de la guerra. Pero no lo hicieron; ni siquiera bombardearon la playa. El plan fue enviar aviones caza para atacar, en ocasiones contadas, los barcos de rescate.

 

Por supuesto, no podemos olvidarnos de la línea de defensa que el ejército francés montó en plena ciudad portuaria. Detener el avance por tierra fue clave para que los ingleses en la playa pudieran salir, poco a poco, de ese encierro al aire libre.

 

Valverde tenía a su propia línea francesa de corte. Umtiti, Lionés por adopción, se cansó de frenar una y otra vez las llegadas de los velocistas Marcelo y Carvajal; fuera por aire, fuera por tierra o traicioneros petardos a bocajarro, logró contener los balones en su zona para que los demás pelearan más tranquilos.

 

Precisamente a su lado estaba Piqué. Homólogo de Gibson, quien fue acusado de ser espía alemán, cuando en realidad no hizo otra cosa que salvarlos más de una vez de las constantes desgracias de La Mancha. Un autogol suyo fue la primera oración del acta de sentencia de los blaugranas.

 

Un holandés llevó un barco hasta la costa de Dunkerque, pero encalló en la zona no asegurada. Cuando un grupo de soldados ingleses se subió a él, con la esperanza de que el cambio de marea los sacara a altamar, el costado fue perforado por disparos que los hundieron.

 

Dos errores clamorosos tuvo el árbitro del partido: el penal a favor de los culés, bien vendido por Luis Suárez; y la expulsión de Cristiano Ronaldo por supuestamente fingir una falta. Tales acciones parecían ser lo que el Barҫa necesitaba para regresar a la superficie, pero dos cañonazos, uno de CR7, el otro de Asensio, les hundieron el festejo.

 

Finalmente llegaron las embarcaciones civiles, hechas persona en Denis Suárez. Yates y botes de paseo se encargaron de sacar, sin experiencia en maniobras militares, a los legionarios en la Europa continental para evitar una tragedia mayor. Como el joven Suárez que, sin mayor currículum en partidos de tal envergadura, saltó al verde para maquillar una cara que se veía más que vapuleada.

 

Se perdió la batalla, en Dunkerque y en Barcelona, pero era solo la antesala de la más grande que se venía en Bretaña, y que se viene en Chamartín.

 

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