Retrato familiar

15/08/2017

Foto: Tony Alter/Flickr

 

Luego de más de 18 años en esa casa, había decidido no regresar nunca más. Esa pisada era la última que el frío suelo de mármol iba a sentir. Atrás de mí; un griterío, un relajo, un huracán de memorias que quería ocultar, pero que pedían a gritos salir del cajón. Y ahí me sentí orgulloso de mis padres. Me sentí orgulloso de aquel que mi madre llamaba "escoria del pueblo", del hombre que me dio el apellido. Ramírez Soler. "El burro por delante", decía mi madre.

 

Se casaron porque ni modo; ya la panza de embarazada pronto se comenzaría a notar. Dicen que fue una boda inmensa en la catedral del pueblo pagada por mi abuelo. Y detrás de sonrisas falsas, comilonas, borracheras y un largo vestido holgado blanco, estaba la verdad. No se amaban. Quizá lo hicieron antes, pero ahora el único vestigio de ese sentimiento era yo. Aún así, sentía el desprecio de mi madre. Total yo era mi padre en pequeño. Ojos obscuros e inocentes...sí, inocentes. Pero esos ojos que tenía él eran todo menos inocentes.

 

El olor a licor, la mirada perdida y quién sabe qué otras cosas más eran característicos de mi padre. Los ojos hinchados y las malas palabras eran típicas de la mañana siguiente. "Es culpa del Guayo", decía mi padre. "Él es el que me obliga, regañálo a él". Después de tantos años, mi madre solo aprendió a ignorarlo. Aprendió a encender su cigarrillo y sentarse a escuchar la radio a un volumen exorbitante. Sonaba la música y detrás de ella, la boca de mi padre se movía sin emitir sonido, le gritaba cualquier tipo de insultos, le repetía los nombres de las mujeres con las que había estado la noche anterior. 

 

Al despertar, no había cariño, no se olía el desayuno ni cantaban los pájaros. Solo se escuchaba esa música que con el tiempo aprendí a odiar. "Nunca vayas a estar orgulloso de esa basura, mijo", me decía mi madre con una sonrisa. Ella lo odiaba, pero a la vez lo amaba. Solo que en esos momentos lo olvidaba.

 

Lo sabía porque en cada comida podía sentir el sabor amargo y salado de las lágrimas que ella derramaba por él en la cocina. El único lugar donde nadie la veía. Lo sabía porque su almohada estaba manchada de ilusiones, de gotas que cada noche se arrepentían y deseaban que fuera diferente; deseaban que él no volviera a golpearla, a tomarla del pelo y obligarla...deseaban que una noche él no volviera a la casa...que no volviera nunca. Yo seguía ahí junto a ella evitando seguir ese maldito patrón del vicio. 

 

Y entonces un día ella me pidió de rodillas que me fuera de una vez por todas. Por el amor que me tenía, que huyera y dejara ese pueblo de perdición. Le obedecí como siempre y así es como no volteé a ver. Estaba orgulloso de mi apellido. Estaba orgulloso de mi madre. Estaba orgulloso de mi padre. Estaba orgulloso de "esa basura" por enseñarme cómo no ser.

 

*Historia de vida escuchada en una tarde de confesiones en un parque.

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