El día que Jo enterró su corazón

03/08/2017

 

Detrás de la vieja puerta de madera. El silencio inunda la habitación. La oscuridad no puede contra el rayo de luna que atraviesa la cúpula del techo. El frío también hace de las suyas. En la chimenea, unas chispas. Unas cenizas. Un ruido casi imperceptible, como sombra de la madera que ahí ardió e iluminó la habitación. Un silbido suave de viento se cuela en el espacio que queda entre el piso y la puerta de madera y cristales. Afuera, el viento es cruel. Doblega las ramas de los altos cipreses del bosque. Una ardilla, asustada, se esconde. Un búho observa, callado, en silencio. Las nubes se mueven presurosas. En tonos grises. Otras, de color azul marino. Las estrellas titilan. También, en silencio.

 

Del otro lado de la vieja puerta de madera, Jo toma fuerzas y abre el cerrojo de la puerta. Frío, tan frío, que hace que sus manos tiemblen un poco. Es incapaz de dar un paso. Con suavidad, luego de un respiro profundo, empuja la puerta. Un crujido irrumpe el silencio. Hace aún más tenebrosa la escena. El cerrojo choca contra la pared. Jo se asusta. Observa el pasillo. Al fondo la habitación. Todo ahí parece atrapado en el tiempo. El olor es tan característico. Ella lo reconoce. Es una mezcla de café, vainilla y madera. Toma fuerzas y empieza a dar pequeños pasos. La planta de sus pies sienten la fría madera del piso. Pequeñas punzadas. Luego de diez pasos. Jo los cuenta, es una manera de entretener a su mente y no sentir miedo.

 

Llega al umbral de la habitación. Y sí, escucha el silencio -ensordecedor-, observa el rayo de luna, siente cómo el frío recorre su piel. Observa lo que ha quedado en la chimenea. Oye el silbido del viento y siente cómo choca sobre el lado derecho de sus pies. ¡Un momento aterrador! Jo no puede continuar. Ha quedado paralizada. Ya no puede contar más en su cabeza, es incapaz de dar más pasos. Piensa, “¡vamos Jo, puedes hacerlo!” Gira sobre sus pies. Fríos y de color púrpura. Camina hacia el lado derecho. Llega hasta la puerta de madera y cristales. Mueve suavemente la cortina. A pesar de ser de noche, logra ver con claridad la escena de lo que afuera pasa. El viento, las ramas de los cipreses, la ardilla, el búho, las nubes, las estrellas, el silencio. Unas lágrimas ruedan sobre sus mejillas. Sus manos están congeladas. Pero hace un esfuerzo por limpiar su rostro. Lo que viene a continuación es difícil, le aterra. No puede girar, no puede dar la vuelta y enfrentar lo que le aguarda en el otro lado de la habitación. Pasa un minuto, una hora. ¿A quién le importa el tiempo ahora? A nadie. No siente sus pies. Es más, el suelo ha desaparecido. Flota. Es una sensación extraña. De nuevo ese aroma. Café, vainilla y madera. Jo, cierra sus ojos y como queriendo pensar en otra cosa. Disfruta del aroma. No siente miedo. Un fuerte ruido la saca de donde está. Se asusta. Se estremece. ¿Qué ha sido? Un pájaro ha chocado contra la cúpula del techo. Ella no puede ayudarlo. Es muy alto. Seguramente mañana al amanecer habrá muerto. ¡Piensa! Sin más, gira sobre sus pies. Un giro de ciento ochenta grados. Enfrenta lo que tanto había obviado. A lo que tanto le teme.

 

Ahí está la cama. Ahí están las frazadas. Ahí están las almohadas. Nada combina. No son de plumas, ni de seda. Mucho menos. Una fuerza inexplicable la inunda y corre, busca desesperadamente entre las frazadas, entre las almohadas. Pasan los minutos, las horas. ¿A quién le importa el tiempo ahora? A nadie. Al fin, lo encuentra. Ahí está él. Frágil, roto, remendado, a penas se mueve. Casi inerte. Jo, lo toma con sumo cuidado, lo abraza, lo consuela. Sus manos, frías como hielo. Jo, piensa. ¡Oh no! Morirá. ¡Oh no! Lo suelta. Lo cubre con las frazadas. Lo acomoda. Corre de nuevo, intenta que la chimenea vuelva a arder. Pone sus manos sobre lo poco que ahí ha quedado. No es suficiente. Pero, con las manos tibias, corre de nuevo a la cama. Lo encuentra de nuevo. ¡Su muerte es inminente! Lo toma de nuevo. Lo acaricia. ¿Qué te han hecho? Le pregunta. No contesta. Sangra. Y en silencio, muere.

 

Jo, llora. ¡Amargamente! Sus manos frías, congeladas. Con mucho miedo. En medio de la oscuridad. Toca su pecho y sí, siente un gran vacío. Jo lo entiende todo, perfectamente. ¡Su corazón ha muerto! Se queda dormida. Profundamente dormida. Pasan las horas, los minutos. Un rayo de luz acaricia sus mejillas. Abre los ojos. Corre al espejo y se observa. ¿Dónde está el brillo de mis ojos? Se pregunta. Jo, de nuevo, lo entiende todo, perfectamente. Junto con él, también ha muerto el brillo de sus ojos. Recuerda que anoche un pájaro ha quedado atrapado en la cúpula del techo. Tal como lo pensó, está muerto. Baja las escaleras. Encuentra al jardinero y le pide ayuda. Él, nota algo raro en Jo. Pero no sabe descifrar qué es.

 

La vida continúa. Por ahora, sin brillo, sin corazón. Cada noche, Jo recuerda ese episodio. De terror. Cada noche acompaña al viento, a la ardilla, al búho, a las nubes y a las estrellas. Se roba la fuerza del viento, se esconde como la ardilla, observa, callada, como el búho, corre presurosa como las nubes y titila como una estrella. Y así, pasa el tiempo. ¿A quién le importa el tiempo ahora? A nadie. Pero a Jo, sí.

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